¿Es el barrio el territorio de las mujeres?. Espacios del miedo o lugares de encuentro.

A veces me pregunto quién soy hoy, cómo he cambiado a lo largo de los años. Vuelvo atrás, miro personas, acontecimientos, momentos que me atravesaron. Todos ellos van unidos a lugares, muros que a veces puedo tocar, parques, playas, avenidas que invadí un día siendo parte de una multitud, bares donde hablamos hasta tarde, plazas llenas de luz. Pienso en las ciudades en las que viví, en los sitios importantes para mí, en los barrios donde dejamos nuestra vida, donde flotan también los deseos y encontramos a tanta gente que nos da sentido.

Todos los territorios que tocamos, por los que nos movemos, que hacemos vivos, son una extensión de nosotras mismas, gran parte de nosotras también permanece allí, o quizás es en nuestro interior donde están los lugares.

La ciudad es una palabra más pequeña que lo que pensamos, es vida cotidiana, a veces significa tristeza, desesperación, y otras salvavidas. Está hecha de redes, de apoyo, de diversidad, de espacios a descubrir. Es lo que nos afecta, el escenario de nuestras luchas y también de nuestras resistencias, donde nos sentimos reflejadas y acompañadas, podemos acercarnos a personas diferentes a nosotras y tenemos la oportunidad de participar y transformar.

Nuestra salud y bienestar no sólo tiene que ver con las necesidades físicas, sino también con las emociones y relaciones sociales, con la parte de nuestra vida que llamamos comunitaria que está presente en los lugares que habitamos. Por eso nuestros barrios deberían sobre todo estar al servicio de las personas, ser inclusivos, saber cuidar. A todas y a todos, pero más aún a las personas que se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad como mujeres, migrantes, infancia, población LGTBI, mayores, personas que tienen alguna discapacidad…

Para definir cómo es este modelo de territorio que queremos nos encontramos con dos enfoques diferentes pero que van de la mano y nos ayudan a describirlo. Podemos afirmar que la esencia de la ciudad es el cuidado de sus habitantes, o defender que los barrios están llenos de “activos” para la salud; es decir, podemos apoyarnos en la visión del urbanismo feminista y de los cuidados, que prioriza a los colectivos más vulnerables y defiende una ciudad más amable e igualitaria para todas, o sostener que la salud viene determinada por las características de nuestro entorno, por cómo son nuestros espacios públicos, qué significan para nosotras, cuáles son los recursos que tenemos cerca, o a qué redes de proximidad y colectivos pertenecemos, tal y como sostiene el concepto de salud comunitaria. Son estos “activos” los que finalmente dan forma al cuidado de la ciudadanía en el medio urbano.

Sin embargo, aunque sabemos definir cómo sería el entorno en el que nos gustaría vivir, a veces la realidad no es exactamente como quisiéramos que fuera. En el proyecto “El barrio de las mujeres de Puente de Vallecas” hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre ello. A pesar de los orígenes y vidas distintas de cada una de las mujeres que nos estamos juntando para hablar del territorio que habitamos y que deseamos, tenemos mucho en común, por ejemplo, a veces compartimos la sensación de movernos habitualmente sobre una fina línea que divide dos mundos diferentes, intentando mantener el equilibrio.

Uno de ellos es el espacio del miedo y de la desigualdad. ¿Es aceptable que el año 2020 nos encontremos con mujeres para las que la ciudad se reduce a dos o tres únicos recorridos, que unen su casa con el mercado, el centro de salud y el colegio donde llevan a sus hijas e hijos? ¿Por qué tenemos una vida mucho más corta que los hombres?, y no estamos hablando de esperanza de vida, sino de horas que podemos dedicar a nosotras mismas o a nuestras relaciones sociales. ¿Cómo entender que el acceso a una vivienda digna es tan difícil y muchas veces imposible en el caso de las mujeres? ¿En qué momento nos hemos acostumbrado a no poder salir de noche o a evitar pasar por ciertos lugares por el miedo, por la educación y patrones culturales recibidos, o porque la ciudad se ha convertido en un lugar lleno de violencias? ¿Por qué aceptamos que podemos ocupar menos espacios que los hombres en las calles, en las plazas, en las canchas deportivas? ¿A qué es debido que las mujeres, incluso las más jóvenes, sigan sufriendo machismo y violencia de género tanto en la esfera privada como en la pública?

Nos damos cuenta de que el espacio por el que nos movemos no es igual para todas las personas, sino que muchas veces excluye a las mujeres, a las personas migrantes, a las lesbianas y trans, a la infancia, a las mayores, a las que no tienen dinero para consumir o no cumplen ciertos estándares. A veces odiamos la ciudad, cuando se convierte en insegura y hostil, un laberinto por el que es difícil moverse cuando nos acosan, nos siguen, nos miran, nos atemorizan. Cuando se reproducen sin control las casas de apuestas pero no hay lugares para la infancia ni para los jóvenes y las pocas plazas y parques con los que contamos están deteriorados. Nos desesperamos al tratar de pasear por aceras de treinta centímetros o descubrir espacios públicos que se convierten en algo privado. Nos indignamos cuando nos expulsan de las viviendas o de los habitáculos en los que vivimos un poco como náufragas. No entendemos por qué los medios de comunicación se dedican a estigmatizar nuestros barrios.

Es imposible hablar de igualdad si no tenemos tiempo ni de estar solas, ni de sentarnos o participar; si no hay corresponsabilidad ni en los hogares, ni en la sociedad, ni en las instituciones; si las mujeres somos invisibles, en lo profesional, en lo político, en los relatos y también en las calles.

A pesar de todo esto, al otro lado de la línea por la que transitamos descubrimos los espacios de encuentro. Son los que se convierten en nuestro refugio, nuestro lugar de resistencia, donde poder acercarnos, apoyarnos y construir algo nuevo.

Aparecen algunas plazas, mercados, parques, pequeñas calles que reconocemos como nuestras, que a veces sentimos como “pueblo”, puntos donde cruzarnos, conversar y compartir identidad. Sitios llenos de vida en los que preguntamos a otras si echamos de menos a alguien. Donde había escombros y suciedad a veces crecen pequeños oasis verdes, ecosistemas con plantas salvajes, otras más domésticas, mosaicos casi romanos y lugares para sentarse, aprender, hablar, mirar.

En algunos espacios te ayudan a cuidar de tus niñas y niños, conoces a más madres, compartes historias personales, te juntas con otras chicas para hablar de feminismo y participar en un programa de radio, haces talleres de memoria que demuestran que no hay edad para ponerse a aprender, y sobre todo que las personas mayores tienen tantas cosas que enseñar. Y te unes a otra gente que trata de luchar por la igualdad, la salud comunitaria, los derechos básicos y los políticos, y que consiguen algunas victorias.

Navegando entre los espacios del miedo y los de encuentro aprendemos a inclinarnos más hacia el lado seguro, aprovechando los vientos y agarrándonos a lugares y personas que nos mantienen a flote.  Desde ahí alzamos la voz y reivindicamos que el barrio sea el territorio de las mujeres. Para conseguirlo creemos que la clave está en trabajar simultáneamente sobre el entorno y sobre la comunidad: mejorando y ocupando nuestras calles, plazas y parques; aumentando los equipamientos públicos y los recursos para asociaciones y colectivos, así como distribuyéndolos equitativamente en los distritos; desarrollando acciones de mejora de la convivencia y proyectos dirigidos a conseguir barrios más seguros, diversos e igualitarios.

Se trata de potenciar los lugares de encuentro y de cuidados, aquellos que se conviertan en nuestra red de apoyo, que nos permitan tener más tiempo para la vida comunitaria, fortalecer las relaciones vecinales y luchar contra el machismo, la violencia de género y cualquier clase de discriminación. Espacios que nos ayuden a sentirnos parte de un territorio en movimiento, que conserva su memoria y a la vez está cambiando su identidad, que nos ofrece poder juntarnos con otras y transformar todo lo que queramos.

01/09/2020
Autora: Cristina Martínez Aransay.
Reseña: Coordinadora del proyecto “El barrio de las mujeres de Puente de Vallecas” y mediadora-investigadora del Laboratorio de Innovación Ciudadana (InCiLab) de Medialab Prado.

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